REFLEXIÓN: EL JUEGO Y EL PLACER EN LA FAMILIA

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ESPACIOS PARA EL JUEGO Y EL PLACER.

ESPACIOS PARA LA VIDA

 

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En nuestro recorrido nos hemos topado con nuevas necesidades y emergencias de desarrollo social y educativo. Una de ellas es la necesidad de un espacio para el desarrollo del ocio y el encuentro familiar, en el que los niños y familias puedan reunirse en unas instalaciones gratuitas y especialmente preparadas para sus necesidades y procesos de vida. Un espacio abierto que haga las funciones tanto de “parque infantil” como de “plaza pública”. Como el propio Ministerio de Cultura escribió (publicado en el catálogo de la exposición “Playgrounds” del Museo Reina Sofía):

“… pasando por el arquetipo del encuentro social que fue el ágora del mundo antiguo, el espacio público se ha ido redefiniendo y adaptando en función de los usos que los ciudadanos le han ido otorgando”.

A día de hoy, podríamos decir que buscamos crear un gran “playground” (espacio de juego y desarrollo) donde diferentes colectivos (niños/as, familias, gente del barrio, profesionales de la educación y la psicología, de lo cultural y lo social) puedan encontrar un punto de encuentro y convivencia, un espacio preparado para el despliegue del ocio y de las diferentes iniciativas que puedan brotar a través del diálogo, el juego y la creación. Una reinvención de la plaza que permita restituir a este “playground” su carácter de ágora -espacio de reunión-.

LA PRIVATIZACIÓN DEL TIEMPO DE OCIO NOS DEJA SIN ESPACIOS PÚBLICOS

PARA SENCILLAMENTE “ESTAR” Y “SER”


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Hemos constatado que el juego y el placer que entraña el tiempo de ocio (también llamado tiempo “libre”) es un derecho de primera instancia y una de las principales fuentes de desarrollo y satisfacción humanas, sea cual sea la edad de la persona. La problemática con la que nos hemos topado es que el ocio familiar o ese tiempo de “libertad” para compartir juntos, tiene muy pocos lugares donde desarrollarse. El tiempo de ocio, la pereza, el juego, toman sentido ya solo en el interior del engranaje productivo. La mayoría de los lugares de ocio familiar conllevan un gasto que muchos no pueden o quieren permitirse. De un modo más o menos sutil, nos hemos convertido en algo así como “esclavos de la sociedad de consumo”, el espacio-tiempo donde se da la vida está diseñado de tal modo que apenas podemos pararnos a sentir cómo estamos, qué necesitamos, qué deseamos, cuáles son nuestras verdaderas necesidades y ¡ni qué decir de las de nuestro vecino de al lado! Los espacios de diálogo y encuentro no están de moda ni son eficaces para continuar con este engranaje, a los niños se les “guarda” en guarderías y a los ancianos en “residencias” para continuar con este sistema de vida más o menos confortable, mientras tengamos entre unos 20 y unos 70 años, claro, es decir, mientras seamos productivos. Y nos estresamos y exigimos a los centros de cuidado infantil, a veces con cierta indignación y enfado, que nos guarde a los niños durante la jornada de 8 horas que la sociedad nos exige (o incluso de 10 horas si contamos con los tiempos de transporte del colegio al trabajo) y que por Dios sean comprensivos, flexibles, atiendan a razones y de paso acorten esos tiempos vacacionales donde uno hace verdaderos malabarismos para “colocar” a sus hijos y cumplir con su jornada laboral.

Termina la jornada laboral y ese tiempo “libre” se convierte en tiempo mayormente de consumo, se desarrolla en espacios privados (especialmente si las inclemencias del tiempo no te permiten estar en un parque o si no tienes un parque en condiciones cerca) y esa libertad se ve condicionada por lo que el espacio privado propone y oferta. Los espacios preparados para familias donde sencillamente poder “estar” y “ser” escasean.

Giorgio Aganmben contaba como esta transformación del espacio lúdico, concebido hoy como un lugar organizado con la finalidad de estimular, moderar y alterar la conducta a través de la previsión y la comercialización del juego, ha pasado a abarcar a toda la sociedad.

IMG_5218Observamos en esta sociedad como lo “útil” (entendido como algo “productivo” o “rentable”) desvaloriza lo placentero. Parece necesario recordar, como decía Schiller, que aquello que nos diferencia de las máquinas es esa “alma”, nuestra capacidad de desear en un plano sexual, creativo, mental… con el placer como único objetivo. Que el tiempo de “placer” es cada vez más escaso y que ese “placer” está comercializado, es un hecho. El placer es el motor de todo juego, juego que no entiende de edades. Desde la sociología se ha demostrado que tanto en niños como en adultos o ancianos, el ser humano utiliza el espacio de juego como el territorio hacia el que se pueden desplazar, a modo de ficción tranquilizadora o catártica, los deseos, anhelos y terrores del individuo y la sociedad. Curiosamente, esta poderosa herramienta de desarrollo y adaptación al medio, está siendo eliminada hasta de las propias escuelas (supuesto espacio para el desarrollo infantil) cuando está más que constatado que el desarrollo del niño se realiza a través del juego libre. Hablamos de juego “libre”, fuente de todo proceso creador, y no de “juego productivo” dirigido externamente con la pretensión de lograr algo más allá del sencillo y necesario “ser” y “estar”. ¿Hasta donde va a llegar el dogma del “tener”? ¿Hasta qué edades va a alcanzar la exigencia de lo rentable y productivo? ¿hasta qué hora del día? ¿terminaremos por tratar de hacer productivo también nuestro tiempo de sueño?

Creemos que ambos espacios, el productivo y el lúdico-creativo, debieran coexistir equilibradamente para asegurar el crecimiento de una sociedad sana. Desgraciadamente, a los adultos se nos ha olvidado en gran medida jugar y, por ello, el respeto y cuidado de estos espacios decae en nuestra escala de valores y prioridades.

IMG_4534Las condiciones de vida actuales, sobre todo en los entornos urbanos, suelen privar a los niños de lugares dónde jugar. Conviene fomentar el deseo de aventura y exploración, pero casi todas las aventuras resultan inoportunas y peligrosas en las ciudades, porque las calles y las escasas plazas (invadidas muchas de ellas por terrazas de bares y restaurantes “rentables y productivos”) suelen ser los únicos espacios donde los niños pueden desarrollar su juego. Hay algunos parques, pero no siempre están a mano o en buen estado. Los psicólogos y educadores han escrito mucho sobre el juego infantil, pero muy pocas de sus ideas se han llevado a la práctica. Lo que suele hacer el ingeniero municipal es allanar el terreno, recubrirlo de asfalto y equiparlo con costosos columpios y toboganes. Su paraíso es un lugar de nula creatividad para los niños.

LA CONVIVENCIA INTERGENERACIONAL , SOCIAL Y CULTURAL NOS LLEVA A CONOCER Y RESPETAR LAS NECESIDADES DEL OTRO

¿Hay espacios preparados para el encuentro humano, intergeneracional, donde personas de diferentes edades y condiciones sociales puedan encontrarse y desarrollar diálogos, convivencias, aprendizajes? ¿poseen los barrios de Madrid los suficientes espacios de encuentro donde poder satisfacer las necesidades de red social, de apoyo entre familias, donde dar vida a iniciativas, organizarse y crear, donde jugar tras toda esa jornada laboral y productiva? ¿está nuestra ciudad preparada para los niños y niñas, para la familia, o incluso para los ancianos? ¿Cuándo nos dividieron? ¿Cuándo se instaló la creencia de que debíamos de estar en espacios separados según nuestra etapa vital? O lo más importante ¿cómo derribar este muro y salir de nuestro pequeño y limitado mapa de realidades y necesidades?

Desde El Pez Luna proponemos la creación de un espacio preparado para niños y adultos para acoger ese “tiempo libre”, ese tiempo de placer, de creación, de descubrimiento y desarrollo humano.

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Clara Muñoz Beteta

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